MACRAMÉ
MACRAMÉ
Esa fresca noche de jueves, Milton Ruarte soñaba con la mujer con la que dormía. Había salido de su trabajo en la oficina unos instantes antes, y a pedido de su esposa se había desviado de su ruta habitual de regreso a su hogar.
Josefina le había solicitado por la mañana que buscara unos elementos decorativos, una especie de macramé para colgar y sostener plantas de la casa. La artesana que los hacía vivía de camino de regreso y el pedido era algo urgente, dado que ella había viajado hacia otra ciudad y regresaría el viernes al medio día. Luego, por la noche, los elementos decorativos serían utilizados en la fiesta de cumpleaños de Milton.
Durante todo el día, el cumpleañero olvidó completamente el encargo. El ajetreo del día, los problemas con el personal, las cuentas corrientes que no se cobraban y los clientes cada vez más exigentes hicieron que la jornada fuera veloz y vertiginosa, dejando al asunto de los elementos decorativos totalmente al margen.
Mientras revisaba los últimos números de la campaña de verano de los productos estivales, recibió un mensaje de texto de Josefina con la incisiva orden de que debía pasar a buscar esos elementos en casa de la artesana. Milton recordó de repente el asunto y, apurado, comenzó con los operativos y rutinas previas a dejar de trabajar. Apagó la computadora, revisó las últimas cuentas y ordenó la oficina.
El mensaje era claro. Indicaba el domicilio por el cual debía pasar, Intendente Blanco 845, y la persona que debía contactar, Martina. También venía su número de contacto y algunos otros detalles de la compra. Y, por supuesto, cuanto tenía que pagar (porque eso, obviamente, lo tenía que hacer él).
Milton puso buena música en su vehículo e inició el recorrido de regreso a casa, previa escala y parada en el domicilio indicado. Durante el viaje, pensaba en cuál sería su cena, y si le convenía comprarla, ya que Josefina no estaba, o probar de hacerla el mismo. Se convenció de hacerla él mismo: No había ningún apuro para la cena en su soledad domiciliaria de ese Jueves.
Ya el atardecer había culminado, y la noche ya iniciaba sus andanzas, cuando Milton arribó a casa de la artesana Martina. Lo sorprendió la belleza de la callejuela, con árboles, empedrados y construcciones tradicionales. También se maravilló de la belleza y la estética de la casa. “Es de una artesana…” se justificó Milton.
Cuando Martina abrió la puerta y comenzó a transitar el jardín, Milton sintió una explosión en su cuerpo. Martina caminaba despacio, descalza, desde la puerta de ingreso a su casa hasta las rejas que la separaban de la vereda. Su tez trigueña, la firmeza de sus brazos al caminar y la seguridad de su cuello perfecto hicieron estragos en las emociones de Milton.
Martina se acercó y sutilmente abrió la reja, para luego saludar. Milton, como pudo, se presentó y solicitó los encargos. La mujer comentó que ya estaban listos adentro del domicilio y que sería buena idea ingresar para ordenarlos y cargarlos. Milton se apuró, también, a informar que abonaría el total en efectivo.
Ese corto trayecto fue un suplicio y a la vez una felicidad para el hombre. Sus emociones se multiplicaban por mil cada vez que ella daba un paso sutil. Imaginaba la suavidad inclaudicable, el aroma perfecto y la temperatura justa que tendría la piel de esa mujer. Alcanzaba a espiar su cuello, entre el cabello castaño que caía sobre sus hombros. Así llegó, como pudo, al living.
Una vez allí, y con las indicaciones de Martina, Milton cargó en el vehículo los elementos decorativos de macramé. Hizo su esfuerzo y cumplió la tarea. Luego regresó al living de la casa a pagarle y no la vería nunca más.
Ya en el interior, de píe, sacó los billetes de su billetera y comenzó a contarlo frente a la mirada irresistible de Martina. Rogaba, en la intimidad, la infinitud deliberada de ese momento.
El conteo no alcanzó a terminar cuando se cortó la luz. Ni Milton ni Martina podían ver absolutamente nada. Solo podían hablarse, oírse, percibirse…
En la penumbra, Milton comenzó a desplazarse hacia donde intuía estaba la puerta. Sus manos iban tocando objetos del living. En ese lento avance apoyó la palma de ambas manos en las caderas de la mujer. Absorbió su piel suave, tibia y dulce. Supuso que Martina estaba desnuda y comenzó a recorrerla. Acercó su boca y pudo sentir el sabor de su cuello agazapado. Y continuó recorriendo con sus manos el cuerpo de Martina, quien había comenzado con la misma rutina
Sus cuerpos se enredaron en la pasión sin poder detenerla. Se recorrían con sus manos, cada rincón y con sus bocas iban plantando soberanía en el nuevo territorio. Ambos eran un torbellino en la más absoluta oscuridad.
Más tarde, Milton escuchó la voz de Josefina. Abrió los ojos y sólo vio oscuridad. Quiso extender su mano para volver a tocar a Martina sin éxito. Se encontraba atado completamente; enredado en unos hilos que lo mantenían totalmente inmóvil.
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