Los gatos de Schrödinger

 📌 Los gatos de Schrödinger


A mi nunca me gustaron los gatos. Se dice que son traicioneros.   Y me mantuve siempre intolerablemente firme en mi postura. El “Siempre” tuvo remedio cuando Valentina cumplió 15 años y ese noviecito que tenía le regaló uno. Al Igual que todos los otros, este tampoco me cayó bien. Lo traté como pude. Y menos cuando apareció con ese regalo desafiante.


Valentina al gatito lo bautizó “Tigre” en alusión a su pelaje. Era una ternura y el vinculo maravilloso que forjaron fue tal que cuando ella se fue a estudiar física cuántica a Buenos Aires, Tigre también se fue con ella.


En cuanto a su vocación, Valentina pintaba para las ciencias económicas. O ese, quizás, era mi inconsciente deseo vocacional para ella. Esto de la física cuántica nació (creo yo) una veraniega sobremesa de domingo que debatíamos acaloradamente sobre el uso de animales en experimentos. Hacer asados los domingos para la familia es todo un ritual que he disfrutado desde siempre, y mas en las sobremesas.


Cuando la discusión escaló, decidí autoritariamente probar mi punto encerrando a Tigre en una caja, adentro de una habitación. Lo predecible fue el doloroso enojo de Valentina. Lo impredecible, su vocación por la física. Por la noche nos perdonamos y un año después partió a iniciar su vida universitaria, con Tigre y mis lágrimas.


Tigre era un  gato pintoresco, tierno y peludamente mimoso. Aprendí a quererlo durante ese año y medio que convivimos. Sus dos venganzas favoritas por lo de la caja eran robarme algo de la parrilla los domingos y hacer maullidos nocturnos del lado de afuera de la ventana, en la madrugada.  Cada domingo se escondía hábilmente entre el follaje de un árbol y techo del vecino, y esperaba mi mas mínima distracción para lanzarse con felina agilidad sobre la parrilla llena de carnes y achuras, y en un ágil segundo robarse algo de allí. Luego regresaba al techo y esperaba que se enfríe para comerla. Desde allí me miraba con sorna y picardía.


Lo del maullido en la ventana era distinto. Tigre hacia rondas nocturnas. Salía por la tardecita; se iba por los techos del vecindario y regresaba a media noche. Valentina, y todo el resto de la familia, han jurado hasta el cansancio que Tigre duerme adentro, que regresa siempre a media noche y que rara vez sale de noche. No obstante, yo (y sólo yo) veo y escucho a Tigre  en la ventana de mi dormitorio, del otro lado de la tela mosquitera, en verano y en invierno, en otoño y en primavera. Se ubica siempre en el mismo lugar, maulla muy despacio y me lanza esa misma mirada de sorna y picardía que tiene luego de robarme la carne los domingos.


Un par de semana después que Valentina se fuera a estudiar, Tigre siguió apareciendo en mi ventana, ahora con más  frecuencia. Una madrugada llamé a Valentina. Se asustó con mi llamado, también se enojó. El gato está en Buenos Aires, no acá.  Cuando empezó a aparecer todos los días fui al sicólogo.   Mas allá de sus opiniones y sugerencias profesionales, Tigre aparece en mi ventana. Maulla. Me mira con sorna y picardía.


Este verano Valentina vino a pasar las vacaciones. Vino con Tigre. El domingo hice el primer asado de la temporada para agasajarla. Con mucha nostalgia compré alguna carne de más, a la espera del versátil ataque de Tigre a mi parrilla. Yo lo observaba de reojo, entre el árbol y el techo. Suponía una inocente complicidad que sólo necesita una excusa para ocurrir.


La carne empezaba a estar a punto cuando alguien llamó a mi teléfono celular. Me erizó la piel la vibración y atendí automáticamente. Giré y Tigre se lanzó sobre la parrilla. No recuerdo quien me llamó, ni que conversamos, pero cuando corté la llamada ví a Tigre en el  techo esperando que su carne se enfríe. Él me miraba con sorna y picardía, y yo con nostalgia y alegría.


Mi mirada cambió cuando unos instantes después, otro gato de similar pelaje apareció por detrás de Tigre en el techo y  se acercó a comer de la carne. Las miradas de ambos gatos se burlaron de mí.

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