EL ORO
EL ORO
Caminamos por el rio cuesta abajo. Buscábamos el meandro,
ese que hace S (ese) cerca del vado. Lucas Nuñez nos había dicho que ahí se
podía observar perfectamente como habían trabajado los ingleses en todo lo que
tenia que ver con la extracción del oro.
Lucas Nuñez tenía unos infinitos ojos celestes. Según su
propia historia ancestral patriarca local era descendiente de algún inglés de
esos que vinieron a fin de ese siglo buscando oro. Nunca conoció a su padre,
pero su madre le contó que luego de haber trabajado muy duro, se marchó y no
volvió nunca mas. Lucas sabe que esas ascendencias inglesas le corren por las
venas, por el color de sus ojos, lo blanco de su tez, y alguna sofisticación y
elegancia en sus modales de orígenes desconocidos.
Los ingleses no fueron los únicos que anduvieron buscando el
oro por esa zona. Tambien los españoles un par de siglos antes, y algún que
otro turco desorientado. Pero en rigor de verdad, quien mejor provecho obtuvo
de estas expediciones mineras a la sierra fueron los ingleses, de quienes se
sabe y se recuerda perfectamente las instalaciones y mecanismos que utilizaron
para su extracción.
Un buen ejemplo de lo anterior es un sistema de acequias que
construyeron a la vera del río, sobre el margen izquierdo, mas conocido como el
lavadero. Siempre se dijo desde la época
de las colonias, y aun se dice ciertamente, que las aguas del rio transportan
pepitas de pirita aurífera, es decir, de oro. Pequeñísimas partículas que
corren con el caudal de agua y cuya extracción podría hacerse con un tamiz y muchísima
paciencia. Ni los españoles antes, ni los pobladores actuales ahora, han tenido
la paciencia para que el uso de ese tamiz y su tiempo redunde en un negocio
rentable.
Los ingleses, en cambio, tuvieron mejores ideas: construyeron
esas acequias pequeñas, apenas visibles entre el monte y el rio, por las cuales
circulaba el agua. Al llegar al meandro, por un sistema de molinetes, se
elevaba hasta un canal entubado que atravesaba la primera curva del meandro por
debajo del camina y luego descendía hasta llegar nuevamente al rio. Adentro de
ese túnel, se supone, hay varios tamices verticales que filtran el agua quedando allí
las pepitas de oro en sus diversos tamaños. Cada determinado tiempo, cortaban
el agua de las acequias y alguien de muy pequeña complexión física ingresaba
por ese túnel entubado y retiraba el oro de los tamices.
Afirma Lucas que su padre fue el ideólogo de ese lavadero. Nos dijo también que esos ingleses retiraban un montón
de oro, aunque eso no está registrado en ningún lado. Después se fueron. Con
mucho oro.
Con el tiempo y las décadas, las acequias se fueron
rompiendo y a nadie de por allí se le ocurrió seguir con el funcionamiento de
esa obra increíble de ingeniería minera. Como era de esperar, no hay planos de
la obra, ni tampoco mapas donde indique su existencia. Es sólo tradición oral.
Me cuesta muchísimo pensar que ninguna persona, sea local o sea de otro lugar,
no se haya aventurado a buscar este lavadero de oro.
Seguimos las indicaciones de Lucas Nuñez. Observamos algunos
vestigios de acequias. Fue una buena señal. Al llegar al primer meandro,
comenzamos a buscar el túnel. Lo encontramos. Imprudentemente jóvenes,
ingresamos, de a uno. Nos arrastramos con temor por el agujero, entre bichos y
espinas secas del monte que yacían allí adentro. Vimos los tamices verticales,
rotos y oxidados. Los cruzamos. Algunos raspones de esos viejos alambres se nos
hicieron recuerdos. Y salimos del otro lado Sin nada de oro.
Temprano en la mañana, en mi oficina de Lombard Street recibí
a un gerente de una minera canadiense, un tal
Mister Stone Clayton. Necesitan dinero para financiar un ambicioso
proyecto minero. Mister Clayton pretendo construir unos canales aprovechando el
agua de un rio, elevarla por molinetes, construir un túnel gigantesco que
atraviese unas montañas, adentro incorporar unas máquinas sofisticadas para
separar el oro del lodo y que el agua salga nuevamente al río.
Ningún banco les ha concedido el crédito. Suponen que no va
a funcionar. Mister Clayton despliega unos planos e intenta convencerme. El
color de sus ojos, lo blanco de su tez, y la sofisticación y elegancia en sus modales me
resultan conocidos. Para su sorpresa, le pregunté por si algún familiar suyo
había vivido en América. Me contó que su tatarabuelo fue minero en sudámerica. Allá
se hizo millonario.
Mas tarde, en el Consejo Directivo del banco, recomendé
aprobar el financiamiento para su proyecto.
Funciona, yo estuve ahí.
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