TELLO

 TELLO

Ese cumpleaños la pasé con un yeso en el brazo derecho, desde el hombro hasta los dedos, y un par de clavijas inmovilizando mi muñeca. Soy diestro y no poder utilizar toda esa parte del cuerpo por nueve meses fue inolvidable. Pasé ese tiempo en casa de mis padres, quienes como diversión adicional instalaron internet.

Por esos tiempos recién llegaba la red de redes a la ciudad y el Ingeniero de la empresa local que la instaló supervisó personalmente que toda la instalación funcionara al máximo de su potencia para mi comodidad.  Igual, siempre agradecido de su trabajo y su dedicación, manipular el mouse de la compu con mi  brazo, mi mano y mis dedos inmovilizados era un calvario. El ingeniero me sugirió que fuera a la Biblioteca de la San Martín, allí siempre había gente que me podía ayudar.

La ansiosa mañana siguiente me fijé en la carpeta de mi madre que el cartoncito del pago del mes en curso estuviera pagado y me fui a la Centenaria Biblioteca.

Vicente me recibió  y me acompañó a una especie de primer piso en el cual había un montón de máquinas, una al lado de la otra. Un peso la hora costaba el uso de la máquina. El hombre me ayudó en todo lo que pudo, y cuando no pudo designó a alguna otra persona que me ayude. Me quedé hasta que cerró y volví por la tarde. Y al otro día. Y al otro. Y así, durante los siete u ocho meses siguientes.

Con Vicente nos hicimos compinches. La verdad no recuerdo ahora si pagué todas las horas que usé. Él iba y venía todo el tiempo por todos los rincones de la Biblioteca, conversaba con todos, ayudaba a todos. Cuando pasaron unos meses, descubrí que cuando no se lo veía era porque andaba cafeteando en algún bar. Sabía de todo; y de libros, mucho más.

A veces me aburría de Internet, me dedicaba a leer los diarios en esas pintorescas mesas oblicuas. Los diarios de la capital o los de otros países llegaban varios días después y leerlos era como un viaje al pasado. O mejor aún, los leía atrasados en papel y después me subía al primer piso, a buscar la edición digital  de ese día pasado  para cerciorarme que decía lo mismo. Fue la primera vez que Vicente me dijo aquello de que la literatura era sospechosamente dinámica… podría cambiar en cualquier momento.

Unos días después  me dio un ejemplar de “Asesinato en el Expreso de Oriente” de Agatha Cristhie. Cuando lo terminé me dió otro, lo leí y tenía otro final. Le pregunté y me respondió que al primero le había arrancado varias hojas, entre ellas las dos del final. Definitivamente, en leves sutilezas, era otra historia. Repitió que la literatura era sospechosamente dinámica.

El siguiente libro que me dio, “Viaje al centro de la tierra” de Julio Verne, era  una edición toda descuajeringada, con las hojas sueltas y amarillas, muy desordenadas, de esas que guarda en ese cuarto lleno de libros viejos y únicos. Lo leí con prejuicio que Vicente le podría haber sacado algunas hojas. Cuando lo terminé, me dio otro, de edición más moderna. Lo leí y, una vez más, era, con sutilezas, otra historia. Le consulté y me dijo que al primero le había puesto algunas páginas de otros libros.  Desde entonces, y por algunos meses, leí dos ediciones del  libro que él  elegía para mí. Siempre era el mismo libro, pero era distinta la historia. Vicente había aprendido eso de la literatura dinámica en el curso de Bibliotecario en la Biblioteca Nacional.   

Siempre en esos juegos literarios, lo acompañé a una sala llena de libros y revistas desordenadas, muchos de ellos en cajas.  Esa era el cuarto de las donaciones  Buscábamos como un tesoro una edición de Las Aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain. Yo pensaba en la Biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, y sus misterios; por el contrario, Vicente se quejaba de que la gente donaba cualquier cosa, muchas de ellas inútiles, como por ejemplo esa caja llena de cuadernos de contaduría y agendas viejas, en las cuales había escritos garabatos, pedazos de  textos y párrafos completos.  Todos salteados, en hojas distintas y sin sentido aparente. Vicente me dijo que el remitente era anónimo y que había llegado de Ginebra, Suiza, a mediados de los ochenta.

Cuando por fin me sacaron el yeso, tuve que hacer fisioterapia. Los primeros ejercicios eran con una pelotita, y mientras los hacía, pensaba en esas agendas y cuadernos de contaduría. Se me ocurrió que podría cortar esas páginas escritas, clasificarlas y archivarlas. El resto podríamos usarlo para que la gente tome apuntes. Le pregunté al Cuqui si podía usar la tijera, de paso ejercitaba el brazo y la mano.  Le pareció un buen ejercicio y me sugirió hacerlo despacio y con cuidado.

A Vicente le pareció una buena idea también y me pasé esos meses de primavera cortando esas hojas y archivándolas en unas carpetas enormes con folios. Pude descifrar en esos párrafos sueltos, pedazos de historias que bien podrían encajar en cualquier libro, como si fuera el juego literario que hacíamos esos meses antes.

Los primeros días de Diciembre terminé. Vicente recibió mi trabajo y leyó las transcripciones.  Me dijo que los íbamos a guardar en un lugar secreto, un túnel de una red de túneles ferroviarios que hay por esa zona. Él tenía el pálpito de que eso podía ser importante, y las cosas importantes las guardaba ahí. Los teníamos que guardar antes del 8 de diciembre porque el ingreso al túnel está al lado del Pino que está afuera, así nadie sospechaba.

Ingresé al túnel dirigido por Vicente desde arriba y acompañado por Eugenio, mi amigo y compañero de Fisioterapia. Es sorprendente lo que Vicente atesora allí. Dejamos la carpeta sellada en uno de esos vetustos estantes y, a pesar de que nos ganaba la curiosidad, no quisimos seguir por la red de túneles. Salimos y luego Vicente selló la entrada. Una vez más.

Con el tiempo, y mis lecturas, descifré  donde encaja cada párrafo de esos manuscritos que escondimos. Volvían vagamente a cada cuento otra historia. Supongo que Vicente lo supo desde el día que leyó mis transcripciones por primera vez, en diciembre de aquel año. Ese día decidió que esas historias aún deben seguir siendo la misma historia.

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