SIETE DIAS
Otoño es un tiempo es afortunado. Caen
Infinitamente las hojas y la pesca comienza a ser prolífera. También los sueños.
Cada mañana al salir de su casa para ir a la
escuela, Nicasio Orondo observa como el Quiosquero Walter Peralta saca las
pizarras a la vereda, las ubica una sobre un poste y la otra sobre un árbol y
las ata con paciencia. La calle es doble sentido y la información en ellas
contenida es vital. Luego, con la prolijidad de un eximio calígrafo, escribe
los veinte números resultado del sorteo de la Quiniela del día anterior.
El ritual siempre le fue anecdótico, tan
inocentemente cotidiano que durante varios años pasó inadvertido, atravesando
toda su adolescencia sin mayor interés.
El kiosco de don Peralta es lugar de reunión habitual para comprar
golosinas, gaseosas, galletas, sándwiches, caramelos útiles escolares y hasta regalos. La Quiniela
es un rubro más que Don Peralta ha incorporado desde el principio dado su amor
por este particular juego de azar.
Domingo
Cerca de las 23.00 hs., Nicasio se fue a
dormir. Luego de cenar algo liviano que le cocinó su madre, se dio una ducha
intensa y reveladora, se lavó los dientes, se puso el pijama y se durmió luego
de leer algo de Borges.
Lunes
Se despertó, o creyó despertarse, alrededor de las 4 am. Estaba
soñando que se había dormido y con ello, llegaría tarde a la escuela. Salía
apurado y sin desayunar. Desde la puerta, subido a su bicicleta, supo que
llegaría tarde porque Don Peralta ya había sacado la pizarra de la quiniela. El
913 ya había sido garabateado por el quinielero como el primero del sorteo:
ocupaba como siempre, el cuarto superior de la pizarra. Luego del sobresalto
onírico, Nicasio se volvió a dormir.
A la hora de siempre, su madre lo despertó. Se
atoró con un desayuno inquieto, pensando
en el número que soñó. Unos instantes después, tomó su bicicleta y se fue a la
escuela. El quiosco no había abierto aún.
Durante el resto de la mañana, y de la siesta,
el 913 lo persiguió. No pudo hacer otra cosa que pensar en él. Por la tarde, se
cruzó al quiosco y le contó a Don Peralta su sueño.
Luego de la explicación de su vecino, se cruzó
sin dudarlo, a su casa, tomó sus tímidos ahorros y apostó en la quiniela al
913.
Pasadas las 23.00 se fue a dormir.
Martes
Alrededor de las 4 am, Nicasio se despertó
sudado. El mismo sueño, el mismo número. Luego siguió dormitando hasta que la
puntualidad de su madre hizo la rutina.
Al regresar de la escuela, Nicasio recién pudo
ver la pizarra desde su sentido de la calle . Otro número, de tres cifras, pero
totalmente distinto apareció en el primer lugar. Cruzó tristemente al quiosco,
a buscar consuelo con Don Peralta. Éste lo escuchó sordamente y juntos
lamentaron el inquebrantable fracaso de aquel primer intento de hacerle caso a un
sueño. Sólo al pasar, Nicasio le contó que había tenido el mismo sueño anoche,
otra vez. Exactamente el mismo. Esta vez la usanza auditiva y la instintiva
pericia de Don Peralta no entraron en dudas… tenía que Jugarlo de nuevo.
Nicasio ya había apostado sin éxito todos sus
ahorros. Fue a hablar con su Tío. Le prometió acompañarlo en la pesca del fin
de semana, limpiar todos los pescados y hacer el reparto luego. Consiguió por
adelantado el pago y lo apostó todo, una vez más al 913.
Pasadas las 23.00 se fue a dormir
Miércoles
Pasadas las 4 am, Nicasio se despertó
sobresaltado. El mismo sueño: otra vez tarde a la escuela por haberse dormido,
la rápida salida y la vista de la pizarra del quisco. Solo que esta vez, el
número que ocupaba el cuarto superior era el 957.
No pudo dormir, y permaneció despierto hasta
que llegó su madre.
El resto
de la mañana, en la escuela. El 957 lo aturdió.
Al regresar de la escuela, su corazón casi le
salió por la boca: en la pizarra del quiosco, en el cuarto superior, estaba el
913.
Se cruzó con una sonrisa de oreja a oreja. Don
Peralta, orgulloso, le tenía el premio enorme y suculento en un caja. Un montón
de billetes, algo que Nicasio nunca había visto en su corta y adolescente vida.
En plena conversación, el 957 se coló. Lo soñó esa noche antes. Don Peralta no dudó. Tenía que jugarlo.
Nicasio jugó todo lo que ganó con el 913 al
957.
Pasadas las 23.00 se fue a dormir.
Jueves
Cerca de las 4 am, a Nicasio el sudor helado lo
despertó. Una vez más, el mismo sueño.
Todo exactamente lo mismo, menos el número del cuarto superior de la
pizarra. Ahora estaba escrito el 984.
Azorado, Nicasio tomo una ducha caliente, bebió
una leche tibia y busco conciliar el sueño. En algún momento, llegó su madre e
inició la normalidad del día.
El 984 ocupó esa mañana todos sus pensamientos.
Ni la lección oral pudo dar ese día.
La emoción lo atropelló al ver el 957, que había
jugado el día antes, en el cuarto superior de la pizarra. Se cruzó al quiosco y
Don Peralta lo esperaba con varia cajas de billetes. Conversaron un largo rato,
y Nicasio jugó todo al nuevo número que soñó, el 984.
Pasadas
las 23.00 se fue a dormir.
Viernes
No tuvo, esa noche, éxito en la conciliación
del sueño. No pudo dormir: temía que las pesadillas lo hubiesen atrapado para
siempre. Era una cantidad de dinero que nunca hubiese imaginado la que había
apostado. Tampoco pudo soñar.
Bebió café en exceso y cuando su madre llegó,
lo encontró exaltado. Se bañó, desayunó, y se fue a la escuela. Todo,
absolutamente todo, le recordaba al 984.
Salió apurado de la escuela, voló en la
bicicleta y llegó en un suspiro. Allí
estaba la pizarra, con el glorioso 984 en el cuarto superior, radiante.
Don Peralta le había preparado en muchas cajas
la enormidad del billetes que eran ahora de su fortuna. Conversaron. Y Nicasio
cruzó a su casa.
Pasadas las 20.00 cayó rendido en la cama.
Sábado
Temprano a la mañana, su madre lo despertó. Se
baño y desayuno. Su Tío pasaría por él
para ir a pescar. Por mas esfuerzo que hizo, nunca más
pudo recordar un sueño.
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