DECLARATORIA DE HEREDEROS
DECLARATORIA DE HEREDEROS
El
impecable y elegante traje negro llegó soberbio a la capital de la provincia,
por vía aérea y entrega exclusiva. Allí lo fue a retirar desde el oeste el
acaudalado millonario Serafín Carrizo Ruppens quien lo encargó directamente en
Italia y no escatimó en gastos. Planeaba impactar en un importantísimo evento
que estaba planeando, en el cual haría un gran anuncio. Sin embargo, su secretario y sus allegados
decidieron darle su primer y único uso el día de su sepelio y funeral.
Carrizo
Ruppens, un casi octogenario terrateniente, no había tenido descendencia ni tampoco
se había encontrado testamento alguno. Su tremenda y por momentos incalculable
fortuna no tenia dueño, y deambuló por pasillos tribunalicios durante décadas
hasta que el Juez Fierro, por fin encontró un principio de solución. En breve,
el fallo estaba por salir.
Luego del
funeral, y a lo fines organizativos, El Secretario de Carrizo Ruppens telefoneó
a la capital, y desde Policía Judicial le solicitaron que envíe varios papeles y
algunas otras pertenencias para dar inicio de oficio a las cuestiones legales.
El Secretario se tomó una semana para la organización, dado que quería aprovechar
y enviar también algunos objetos personales del millonario fallecido.
Comenzó los
preparativos eligiendo al utilitario del Óvalo para el traslado, y seleccionando
a Roberto Suarez y Honorio Leal, dos peones de la estancia, de su estrecha
confianza para realizar el traslado. El día de la partida, la superstición de
Honorio frenó el viaje… no es buena idea viajar un viernes trece. A regañadientes,
El Secretario pospuso un día el viaje. Al día siguiente, un sábado de madrugada,
misteriosamente nevó.
El blanquecino
paisaje sorprendió a todos y los peones fantasearon con otro día de descanso.
Pero El Secretario, esta vez, ordenó con firmeza iniciar el viaje por otra
ruta, para el norte. A Roberto no le disgustó la idea: tenía un amorío por allí,
en la ciudad en donde harían noche.
Ambos peones iniciaron el viaje en el utilitario, por otra ruta, con destino a
la Capital.
Al llegar a
la ciudad, por la tardecita, y una vez
hospedado en hotel Hispania, Roberto se contactó con el amorío y se marchó a su
encuentro. Honorio, por su parte cenó algo ligero y se fue a su habitación. A
pesar de sus múltiples intentos, el supersticioso hombre no lograba conciliar el
sueño. Giraba en la cama, en un sentido y en otro; sudaba y balbuceaba en estruendosos
ensueños que lo consumían sin parar. Supuso Honorio que tal situación provenía
del espíritu de Carrizo Ruppens que viaja con ellos de alguna manera. Unos minutos
después, se salió de la cama y se fue hacia el estacionamiento a revisar el
utilitario. Allí descubrió entre los bártulos del finado, el traje que usó en
su velorio y posterior funeral. Tembló de miedo y decidió, unilateralmente, que
necesitaba urgente una limpieza.
Muy
asustado y aún mas desesperado, consultó en conserjería por alguna tintorería.
En ese momento, alrededor de las 23 hs, era el cambio de turno y el conserje
saliente se ofreció a llevarlo a las cercanías de una, pero le aseguró con
certero convencimiento que estaría cerrada al público. A Honorio no le importó
que fuera sábado casi a media noche. Cargó el traje en el vehículo del conserje saliente y
ambos partieron rumbo a la tintorería.
El
recorrido duró unas pocas cuadras, derecho por la misma calle que cambió el
nombre por la zona de la concesionaria. El vehículo siguió su marcha luego que
Honorio y el traje descendieran una cuadra después del Banco. El peón caminó
media cuadra, rumbo a la plaza hasta encontrar la tintorería. Tocó el timbre
varias veces, golpeó con las manos la
puerta, batió las palmas y gritó. Por fin, asustado, El Tintorero atendió
somnoliento y escuchó las suplicas. Accedió a recibir la prenda y le entregó a
Honorio el correspondiente recibo para retirarlo.
Honorio regresó
al hotel y se acostó. Un profundo y reparador sueño lo inundó y el descanso,
por fin, lo alcanzó hasta unas horas mas tarde, en plena madrugada, en la cual
Roberto ingreso a la habitación gritando, desesperado por partir con urgencia.
El marido de su amante los había descubierto y lo perseguía con una pistola.
Los dos hombres prepararon el equipaje y antes del amanecer se marcharon a la Capital.
Cuando el
Juez Fierro llegó a su despacho en la mañana, la sentencia ya estaba lista para
ser firmada. Luego de un arduo trabajo de mediación y mas de cuarenta años de
litigio, la fortuna de Carrizo Ruppens llegaría a sus dueños aparentes. Luego,
en uno de los salones del Tribunal, daría una conferencia de prensa. A tan solo
una firma de terminar el caso, Fierro pidió por el intercomunicador a su
asistente que le prepare y le lleve un café. Unos instantes después, su
asistente ingresó al despacho con el café y unas hojas de papel.
El juez se
colocó sus anteojos con algún desgano. Era una cédula de notificación firmada
por el Dr. Olmos Kawasaky en representación de los legítimos herederos de
Carrizo Ruppens, nominados en el testamento certificado descubierto en el bolsillo interno de un traje
italiano negro encontrado en un perchero de prendas sin reclamar de una tintorería del interior de la
provincia.
Será Justicia.
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