OTRA VERSIÓN
OTRA VERSIÓN
Los fines de año suelen ser caóticos. Vienen
las fiestas; Navidad, Año Nuevo… Luego las vacaciones, el calor. Ese año la reseca de
Enero se sacudió con muchísimas lluvias, crecientes incontrolables, aludes y
catástrofes. Mas caos.
En esas improvisadas desesperaciones, nadie
prestó atención del robo ocurrido en Mannheim, Alemania, durante el mes de Octubre
del año anterior. Un exacto y puntilloso asalto a la sede de la empresa Gruen
Billifinger. No se robaron dinero, ni valores, tampoco información clasificada.
Fueron directo a un pequeño museo de la empresa en el cual se pueden observar
las orgullosas obras de esta gigantesca multinacional.
Mucho se dice de estas empresas alemanas, mas después
de la segunda guerra mundial. De esta, puntualmente, se dice que escondía todo
tipo de valores en puerta secretas de las obras que construía. Hay quienes
fabulan, incluso, que, en caso de estallar una distopia mundial, Alemania
activaría un dispositivo global de supremacía con estos valores celosamente
guardados. Suponen que el oro abunda en
toneladas entre los hierros, el cemento y otros tantos materiales de estas
obras. Nunca se ha probado nada, y la empresa lo ha desmentido categóricamente.
Los ladrones de ese museo se robaron fotos,
planos, crónicas y todo tipo de información de un dique kilométrico de Sudamérica,
construido durante la segunda guerra mundial, y remodelado a fines de los 70 en
ocasión de una misteriosa rotura de uno de sus mecanismos.
Lo que, un tiempo después, si llamó la atención, mas bien produjo aún más
miedo y desesperación en medio de ese caos, fue el fax que recibió Defensa Civil
de la Ciudad de parte del Ministerio. Tres ingenieros alemanes arribarían al
aeropuerto internacional, enviados por la empresa alemana para revisar el
colosal paredón y sus mecanismos.
Adler Billifinger, Otto Gruen y Walden Müller
fueron recibidos en el aeropuerto y trasladados a la ciudad. Hablaban poco
español y jamás imaginaron la situación climática y las catástrofes que habían acaecido.
Fue pura casualidad. Se los hospedó en un hotel del centro de la ciudad y se les
asignó un vehículo con chofer para sus
traslados.
En sus primeras conversaciones con las fuerzas
vivas, Adler y Otto adujeron se descendientes directos de los fundadores de la empresa,
quienes guardan especial cariño por esta ciudad y la obra. Hasta contaron que
la visitaron de incógnito alguna vez. Walden, por su parte, se emocionaba hasta
las lágrimas al narrar la epopeya de su abuelo, quien trabajo en la construcción.
A nadie se le ocurrió llamar a Alemania.
El empático conocimiento de los ingenieros
alemanes por la historia, las familias tradicionales, las costumbres y la
sociedad en general de la ciudad, los volvió en pocos días muy populares y
apreciados por los vecinos. Se hicieron amigos de todos y hasta fueron a una
fiesta que se realizaba por esos días. Se
los veía trabajar allí, en el paredón, de sol a sol.
Tan amigables resultaron, que hasta el capataz
de una cantera cercana les prestó un camión gigantesco. Y ni hablar del jefe de
mantenimiento de la parte de los mecanismos, que les dejó usar la grúa por la
noche. Fue el día después de que Walden descubriera la puerta.
Una explosión no era una buena opción. Ya había
fracasado en los setenta. Decidieron cargar todo lo que pudieran en el ahora dorado camión.
Esa calurosa madrugada de febrero pudo verse
por la zona de Villa Cariño a un agitado, compungido y desesperado Adler gritar en un tortuoso
español que el mecanismo había fallado y el hormigón articulado había cedido.
Sus compañeros habían sido arrastrados por la fuerza demoniaca del agua y solo
que queda correr a las zonas altas para sobrevivir.
Nunca más se supo de esos ingenieros alemanes y
esa noche la ciudad entera entró en pánico.
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