LEY DE GRAVEDAD
LEY DE GRAVEDAD.
A Hermes
Newton el amor le cayó del cielo. Literalmente.
Luego de
recibirse de Ingeniero Civil en la Universidad Nacional estuvo un año sin
conseguir trabajo de tal profesión en la ciudad Capital. Se mantuvo como pudo,
ayudado por sus progenitores. Cumplido ese plazo decidió volver a su pueblo.
Habiendo
regresado, y domiciliado en casa de sus padres, no le fácil igualmente conseguir empleo. Eran esos tiempos
económicamente muy difíciles.
Pasado
algunos meses, consiguió una suplencia en la materia “Física”, en segundo año
del secundario recientemente inaugurado a la orilla del río. Allí asistía y dictaba
sus clases los jueves desde las 10.00 hs
hasta las 12.10 hs., con un recreo de 10 minutos entre las 10.40 hs y las 10.50 hs.
En el
recreo, un jueves de agosto, Newton estaba en la sala de profesores preparando
un mate cocido, cuando Charly, el preceptor, entró buscando a Luna, el profesor de contabilidad, para informarle que debía presentarse en la
Secretaría firmar la renovación de la suplencia, dado que el Contador Sarrilo,
quien era el titular de la materia, continuaría la licencia. De paso, aprovechó
para pasar el chisme que Sarrillo se encontraba en el despacho de la Directora,
seguramente comentando las novedades del Municipio del cual era secretario de
economía.
Promediando
las 11.00, Newton escribía en el pizarrón unas formulas ante sus desinteresados
alumnos, mientras escuchaba a lo lejos
los recargados gritos de la Directora avanzar hacia su aula. “Newton, deje lo
que está haciendo y venga a mi oficina”, gritó impune desde la puerta la mujer
sin saludar ni pedir permiso. Dio media
vuelta y se fue.
Hermes
tardó unos cinco minutos en preparar un actividad práctica para los alumnos y
convocar a Charly para que observe el comportamiento de los alumnos y partió en
cumplimiento de la orden. Ese jueves,
Newton caminó despacio y algo asustado por esa galería fría de viento e
invierno. Se hizo presente en la oficina de la Directora, golpeó la puerta
y saludó respetuosamente. Allí estaba el Contador
Sarrillo.
Ya sentados
en la oficina, la Directora los presentó formalmente. Luego Sarrillo tomó la
palabra y sin rodeos ni mayores preámbulos, le comentó a Newton que la
Municipalidad se había quedado sin Secretario de Obras Públicas durante la
semana, y le ofreció la vacante.
El viernes
a la mañana, Newton se presentó en la oficina del Contador Sarrillo, y ambos
fueron al despacho del Intendente. Conversaron cerca de una hora. El Lunes
siguiente, Hermes Newton juró como nuevo Secretario de Obras Públicas.
Le tomó
varios días ponerse al corriente del área a su cargo y otras varias semana ir recorriendo la
ciudad y asistiendo a reuniones. Disfrutaba su trabajo y lo lleva adelante con
energía y mucha alegría. En una de esas reuniones, el Intendente determinó que
era necesario que todo el gabinete municipal se pusiera a trabajar en
soluciones sencillas para los ciudadanos, utilizando la menor cantidad de
recursos, dado la tremenda crisis económica que atravesaba la provincia.
Así fue que
Newton pensó en el gran problema que representaba para la comunidad del
secundario nuevo de la orilla del río, la enorme distancia que había entre el
puente carretero y el puente del secundario propiamente dicho y cuanto
dificultaba este hecho el acceso y el tiempo necesario para llegar al colegio.
El proyecto
que presentó al Intendente consistía en una pasarela, a la altura de la calle
del libro, conjuntamente con una plazoleta, todo construido con materiales
tales como vías del tren, durmiente,
hierros y otros materiales de los antiguos talleres de los
ferrocarriles. Sólo habría que utilizar el personal municipal y comprar lo
elemental para su ubicación.
El
Intendente dio luz verde al proyecto y en poco tiempo se inauguró con la
presencia de autoridades nacionales y provinciales, con una banda militar, un
desfile cívico y hasta unos paracaidistas que aterrizaron en esa amplia orilla
del río, portando banderas Argentinas. La pasarela fue un éxito.
Varios
meses después, en una radio local estalló un escándalo de corrupción que
salpicó a toda la gestión municipal. La noticia trascendió a los medios
nacionales y la justicia comenzó a actuar con insospechada celeridad. Newton,
inocente por naturaleza, y mas aún en este caso, tuvo miedo. Mucho miedo.
Apesadumbrado
y sin poder dormir, un amanecer fresco tomó una decisión trascendental. Retiró
las sábanas de su cama y se marchó caminando rumbo a la pasarela. Una vez en
ella, anudó las sábanas entre si, y luego uno de sus extremos a un hierro de un
costado. Estuvo a punto de anudar el
otro extremo a su cuello, cuando un pensamiento científico, un cálculo, se
cruzó por su cabeza. Quizás por la altura o
la gravedad, su plan podía
fallar. Decidió tirar ese extremo al vacío, descender por las escaleras y alli
abajo mejorar el cálculo antes de la ejecución. Después de todo, la ciencia y
el destino son sólo hipótesis.
Despuntaba
el Alba y Newton tiraba de las sábanas entrelazadas, les colocaba un tronco o
una roca y calculaba la velocidad y la resistencia. Miro su reloj y marcaban
las 7.45, cuando escuchó unos pasos que comenzaban apurados a cruzar la
pasarela. Los tacones de Imelda Allende, la joven profesora de Literatura
suplente del segundo año del colegio secundario de la orilla del río, marchaban
a toda velocidad. Era Jueves y Allende dictaba sus clases en los módulos
anteriores a Newton. El sonido de los tacones en la galería o en la pasarela
eran inconfundibles.
Unos
eternos instantes después, Newton levantó su mirada y pudo ver desde su
posición el momento exacto en el que unos maderos de la pasarela se quebraron
al ser pisados por la profesora. Ella cayó sin piedad y a gran velocidad sobre
el cuerpo de Newton, quien evitó un golpe mayor.
Se casaron
unos años después, luego de que la Justicia fallara en su favor por daños y
perjuicio contra el Municipio por una suculenta suma de dinero.
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