SEMBLANZA DE ESTANISLAO EVARISTO SALAS
SEMBLANZA DE ESTANISLAO EVARISTO SALAS
Cabe
referir que en los hondos pajonales de la llanura se esconden agudos e
incerteros misterios. También sorpresas inauditas que hunden sus espinas en lo
mas profundo de las emociones humanas. Y, sobre todo, enormes liberaciones.
No teniendo más destino, los mercenarios, los
soldados despojados de bando, los rebeldes temerarios y hasta los ignotos
inservibles de la historia encontramos en los ámbitos del cuidado de la ley. Antes, cuando mi padre, el Dr. Norberto Salas,
decidió expulsarme de mi casa por dejar el Apostólico Seminario Mayor del
Corazón de Jesús, cualquier ventana del destino tentaba mi suerte. Así me fui haciendo dueño del mordaz
territorio de la batalla, de sus rojos y espesos amaneceres, y su encendidos
alaridos de dolor y muerte.
Pasé ese
tiempo en las filas de los caudillos de la Patria, en la guerras sanguinarias
que legaron este país de heridas que aun no cierran pero ordenan el presente.
Ya en la
policía, todo esa violencia acumulada se desborda en nombre de la leyes y las
órdenes. Me gané mi lugar en la policía rural, donde cumplo mis tareas de Cabo primero
a las órdenes del Sargento Cruz.
De sus varias heridas en el cuerpo, deduzco que Cruz también se apropió de la llanura en los tiempos de las guerras civiles. He escuchado que es bravo en la batalla, y resistente a la piedad. Déjenme recordar algunos procedimientos audaces que han deslumbrado: el rescate del joven Eleuterio Anchorena, en cuyo proceder, además de la enorme tarea de investigación, el Sargento Cruz, al momento del rescate, enfrentó de frente y con audacia a los tres secuestradores con sólo un cuchillo. También es destacado (y por momentos abigarrademente sorprendente), la astucia y la destreza revelada en la persecución, aprehensión y desarme de la banda de los Ensangrentados, que azotó durante años a los estancieros de la zona. Con bravura, Cruz la volvió un grupo de tiernos huéspedes de alguna cárcel de la capital.
Las conversaciones del Sargento con sus subalternos son apenas escuetas y verticales. Sólo en algunos momentos jubilosos en la pulpería es que podemos verlo un poco mas comunicativo y alegre. Cuando corre el vino, a las charlas le cae alguna pizca de intimidad
Cumplimos nuestro trabajo siendo policías rurales, pero si pudiéramos elegir quizás no estaríamos aquí. La libertad no es un estandarte que hayamos ganado y en los ojos de Cruz puedo ver eso. Nunca veo los míos, pero los imagino y no deben ser diferentes .
Hace uno días llegó la orden de abatir un
hombre. Sus desobediencias continuas, su resistencia a la autoridad y las dos
muertes de la que se lo acusan lo volvieron un prófugo. Un prófugo temido a
quien no le cabe el ser detenido o apresado. Abatirlo dice la orden.
Cruz, entretanto historial le entra en su vida, fue el ideal para encarar la hazaña. Un par de días tomó preparar la ingeniería de la expedición a la desolada llanura. La estrategia, la táctica, la provisión de algunos víveres y el orden que caracteriza al Sargento lucieron otra vez.
Salimos y recorrimos el seco territorio en su búsqueda. Un trémulo paisano en una olvidada tapera creyó saber dónde estaba el reo. Con la pista en sus oídos, Cruz ordenó perseguirlo a Caballo. Por varios días, entre idas y venidas lo seguimos hasta que finalmente el 12 de julio, en una fría noche lo acorralamos. Embebido de ira y fiereza, salió de entre los pajonales y comenzó dar cruel batalla. Varios de mis compañeros se despidieron de este mundo en el helado filo de su daga.
Enredados en esos pajonales, cada cuerpo parecía ajeno en un desesperada batalla por su propia liberación. Las hordas audaces de incertidumbre que envuelven el destino fueron tomando el color del amanecer, de esos amaneceres rojos espesos que suenan a grito doloroso del pasado, reconociéndose ahora en la crueldad del futuro.
Entre los destellos de las almas que abandonan los cuerpos, pude ver a Cruz quitarse sus ropajes y aullar de furia como un salvaje. Luego sacó su daga plateada, aquella que cuidaba celosamente de los tiempos de la guerra, y se puso al lado del malevo a combatir. En la sutil delicadeza de sus movimientos de combate se desnudaba la convicción de Cruz y su nuevo aliado, Fierro. Ambos se adueñaron del llano, lo hicieron propio y basto.
Con
idéntica parquedad, Cruz y Fierro avanzaron sobre mi humanidad. No supe mas que
por su mirada que Cruz ya no era aquel Sargento de órdenes escuetas: sus ojos
habían ganado el ansiado estandarte de la libertad, ahora compartido con
Fierro. Tomé mis armas y lancé mi
alarido de victoria. Mi padre nunca toleró los desertores.
24/09/22
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