EL EJE HECHO CRUZ
EL EJE HECHO CRUZ
Isaías 40 : 31
En la carreta venía el español, vasco mas precisamente.
Viajaba hacia Córdoba acompañado de su hija, una bellísima joven nacida en
América, pero con tonada vasca, herencia de su padre y de su madre. El vasco Planeaba quedarse un par de meses
allá y, de esa manera, alejar su hija de
aquel romance que hacía poco tiempo había descubierto y había dado combate sin
éxito.
El viaje inició temprano en la mañana, en la madrugada. El
día anterior había sido destinado a los preparativos de la larga travesía.
Requería víveres y equipaje para un tiempo extenso, pues aparte del viaje, y tal cual se narró, el proyecto era
dejarla largo tiempo en la Ciudad, internada en un convento de monjas, entre las cuales
seguramente sería bien educada y cuidada.
Así arrancó el desandar en ese fresco amanecer. La carreta tirada
por varios caballos, un cochero que los dirigía. Mas atrás otra carreta con
caballos, cochero, algunos esclavos y toda la parafernalia del equipaje. Era el
traslado de una princesa.
El romance había sido prohibido. No era un español, un vasco
puro. El hijo del cacique la había visto por primera vez en las orillas del
río. Ella, junto a sus criadas y nodrizas, refrescaba la belleza de sus pies en
la tarde cristalina de esa primavera profunda. Él andaba por ahí, sólo,
buscando, mirando, explorando ... protegiendo. Era, pues, esa la tarea
encomendada por su padre. Cuando la vió, temió. Supo del primer instante que se
había enamorado, pero también supo que ese amor le sería vedado.
Igual se arriesgo. Salió desde el monte y avanzó seguro y
sutil hacia el conjunto de mujeres. El idioma español, no era su especialidad,
pero algo había aprendido acompañando a
su padre El Cacique en las negociaciones con los blancos. Y Allá fue, valiente
y audaz. Y tuvo su premio.
Se enamoraron. El romance fue creciendo de a poco, entre el
secreto de las criadas y las nodrizas, a la vera de ese río cristalino y
virgen, que nunca se agota y es fuente de vida, agüita clara.
Hasta que un día, la casualidad, la circunstancia o, quizás,
el extremar los límites, hizo que la novedad llegara a los oídos de los padres
de ambos, quienes ante la divulgación de esta información, hizo que
enfurecieran y bramaran los cielos y temblara la tierra.
Hubo nuevas directivas parentales y la férrea disposición de
evitar los encuentros, ya no secretos entre los jóvenes. No funcionó, pues
ellos, en una cadena complicidades y favores se fueron escabullendo para
encontrarse, para disfrutarse, para amarse, una y otra vez.
Entonces, la situación se volvió insostenible. Y los
anuncios de batallas y guerras entre los blancos y los nativos fueron ya
inevitables. Los estruendosos sonidos de la muerte que los enfrentamientos
bélicos declaman, atravesaron el umbral de la delicada paz y la sensible
concordia que ambos bandos sostenían.
El Vasco, entonces, decidió, llevarse a su hija lo mas lejos
y segura posible. Organizó el viaje, y partió.
Pero la guerra ya estaba declarada. A los oídos del cacique
llego la nueva del viaje, y el dato exacto de la ruta por la cual atravesaría
el convoy. Preparó entonces a todos sus soldados y alentó la cruel emboscada.
En un lugar del camino, cavaron y ocultaron un pequeño pozo, un sensible
agujero que detendría la marcha de la carreta al romperla.
Y así pasó: a una hora determinada de la tarde, la carreta
atravesó el pozo, la trampa, y el eje rompió. descendió el Vasco, su cochero y
algunos esclavos a intentar arreglarlo. Y en ese instante, de entre el monte,
apareció El cacique y sus huestes, dispuestos
dar fin al plan.
La superioridad numérica era abrumadora. Y hubo un pacto. Un
duelo.
El Cacique y el Vasco dirimirian el asunto a lanza y espada.
A todo o nada. Comenzó asi la cruel batalla. Brutal. Teñía la tarde de rojos y
anaranjados. Los esclavos del vasco huyeron, las huestes del cacique también.
Lucharon hasta que ambos murieron.
De la carreta, llorando, bajo la joven y se acercó a los
cadáveres. Y en la soledad del monte, apareció el consuelo del hijo del
cacique. Se abrazaron.
Sepultaron a sus
padres y tomaron entonces el eje roto de la carreta y con él hicieron una cruz.
Luego desaparecieron en la noche.
Desde entonces, allí estuvo esa Cruz hecha del Eje, y por la
noche, dos estrellas que guían el camino.
LISANDRO AHUMADA
@lisandroahumada
Agosto 2021
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