RELATO DEL PESCADOR
RELATO DEL PESCADOR
Hay un dulce sonido de cascada dominando toda
esa parte del bosque. Allí vive un Pescador. Un hombre delgado, solitario, que
usa un raro sombrero de paja. Su casa es, en realidad, una sola habitación construida
de madera a un lado de la cascada.
Como buen pescador, todas las mañanas
atraviesa el bosque y baja al pueblo. En el pequeño mercado intercambia los
pescados que trae por otros productos necesarios para su subsistencia. Por las
tardes pesca. Se sienta en alguna roca de la orilla del río y, con paciencia y
gran habilidad, realiza su trabajo. A la noche cena y, más tarde, camina rumbo
a la cascada a gozar de las estrellas. Después regresa a descansar, sin prisa.
Una de esas mañanas en las que iba al pueblo
escucho, casi por casualidad, a dos mercaderes dialogando sobre el mar. Intrigado en aquellas
maravillas que oía, se dirigió precavido hacia los hombres, los saludo con
respeto, se presento solemne y guardo un
segundo de silencio antes de preguntar.
El testimonio de los mercaderes avivo aun más
su curiosidad. Los dos hombres relataban lo que sus ojos habían visto sin
ahorrar adjetivos. Conversaron largas horas y luego decidieron continuar en la
taberna, dispuestos a compartir el alimento y el vino. Por primera vez en mucho
tiempo el Pescador no regreso por la tarde a sus habituales tareas. Solo
las primeras estrellas, tenues y tímidas en el cielo, le recordaron lo
peligroso que suele ser el bosque a la noche.
Al llegar a su casa estaba intrigado. Sabia que el río que
observaba lo conduciría al mar, tal cual había sido descripta esa tarde por los
mercaderes. Cansado, se fue a cu casa, se quito el sombrero de paja y la ropa y
se durmió. Por la mañana comenzaría a construir una pequeña embarcación que le
permitiera navegar río abajo.
Varios días estuvo ausente del mercado y del
pueblo. Todos notaron aquella extraña ausencia, mas la vida pueblerina continúo
su curso hasta que el Pescador apareció nuevamente una mañana nublada. Traía
esta vez más pescado que el de costumbre. Su mañana entera se disipo en
abutadas operaciones comerciales e intercambios mercantiles. Cuando por fin
termino el trabajo comió y bebió en la taberna sin hacer mayores comentarios y
regreso a su casa en la cascada.
Su barca estaba ya lista. La había construido
con troncos y cuerdas durante todo ese tiempo de ausencia del mercado. El mismo
había cortado los troncos, los había lijado y los había atado. Una gran vela
decoraba la precaria barca y un pequeño habitáculo serviría para almacenar las provisiones que había traído esa mañana.
Todo estaba preparado. Al día siguiente, Temprano, Zarparía.
Esa noche no podía dormir. No lograba imaginar
la línea del horizonte. Tal vez en esos fracasados intentos se quedo dormido
esperando que los sueños le dibujasen ese anhelo. Apenas aclaro, el Pescador se
despertó apurado, desayuno, corrió en dirección al río y partió.
Durante algunos días solo vio el bosque que lo
contenía desde siempre. Paulatinamente comenzó a observar otros paisajes
diferentes, inexploradamente bellos. Con la mansedumbre de ciertos finales, el
río transportaba a su nuevo huésped.
Más de un mes duro el viaje. Un agotado
atardecer, el Pescador arribo a la infinidad del mar, Luego de recobrar el
aliento se acerco a la costa y dejo la barca en la arena. Camino descalzo por
la playa con el sombrero entre sus manos hasta que se hizo de noche. Después se
sentó y finalmente cayo en un profundo sueño.
Ya por la mañana respiro otra vez la fresca
expresión del mar con la certera convicción de estar abrazándolo. Muy
satisfecho, emprendió el retorno a pie, dejando la barca en la playa y
planeando construir una nueva al llegar a su casa.
Al final de su viaje por el río hacia el mar pudo contemplar, lejana, la
línea que no podía imaginar. Ahora marcha a gran velocidad pues supone que habrá
otra línea río arriba, mas allá de las cascadas, donde se es agua y no río. El
ansia conocerla. Debe ser hermosa.
Lisandro Ahumada
@lisandroahumada
12 de Febrero 2001
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