LA DOCENA
Dos jóvenes
llegaron al río por la tarde. Uno era alto, el otro no tanto. Habían recorrido
una distancia considerable en su viaje y estaban algo cansados, por lo que
comenzaron a preparar su carpa, acomodando sus imprescindibles pertenencias.
Los demás acampantes del lugar, tranquilos, disfrutaban los últimos rayos del
sol.
La mañana siguiente fue lluvia. A cantaros, el
agua empapo la sierra de un verde extraño y el río, marrón y furioso, opaco una
futura tarde maravillosa. Cuando paro de llover, los dos jóvenes salieron a
caminar.
Un largo rato pasearon entre la humedad
perdida del monte hasta que el sol comenzó a mostrarse. Un esplendido arco
iris, que pintaba ese cielo de nuevos colores, parecía acabar en las cercanías
del lugar por el cual transitaban los jóvenes.
Un poco más adelante se detuvieron al encontrar
una vieja tranquera entre los arbustos recién levantados. La atravesaron. Más allá
de ella no había camino, ni siquiera una huella. Ellos continuaron la marcha
dejando ahora pequeñas marcas en los árboles.
De repente, arribaron a una quebrada no muy
profunda. Por allí serpenteaba delicado un arroyo, quizás afluente del río. El
joven más alto comenzó el descenso, cuidadoso. Se apoyaba en las rocas
redondeadas, sujetándose con firmeza de los tallos de los arbustos. El otro
joven lo imito, pero al instante resbalo y cayó a la orilla del arroyo. Apurado en socorrerlo, su amigo también
resbalo, no pudo sujetarse y cayo finalmente. Ambos muchachos quedaron tendidos
en el suelo.
Pasaron
unos minutos casi eternos en esa posición. Luego, un tanto desorientado, uno de
los que ve jóvenes se levanto y miro hacia el arroyo. Un instante después
reacciono ante lo que sus ojos veían: una canasta del otro lado del arroyo. Advirtió
el descubrimiento a su amigo, quien se incorporo de inmediato.
Juntos cruzaron el curso de agua hasta
alcanzar la canasta. Allí los inundo la sorpresa, pues adentro de esa canasta había
doce gemas preciosas, cada una de forma y tamaño similar a una bola de billar.
Todas macizas, brillantes, hermosas.
Los jóvenes no lo terminaban de asimilar. Una
vez, por fin, la fortuna les acercaba un sorbo delicioso. Agitados, tomaron la
canasta, la cubrieron con un pañuelo y comenzaron el regreso a paso acelerado.
Siguieron las marcas de los árboles acompañados por el atardecer hasta la
tranquera. Al cerrarla y disponerse a continuar, vieron a una mujer
acercárseles alegremente. Empezaron a conversar de mil trivialidades: el
tiempo, el río, las vacaciones. Luego se despidieron.
-
¿Qué
llevan en esa canasta? – Pregunto ella antes de marcharse.
-
Solo
Huevos – Respondió uno de los jóvenes.
Llegaron al campamento cuando ya era de noche.
Silencioso, ingresaron en su carpa y
guardaron la canasta con las gemas en una caja de mayor tamaño. Cenaron algo
ligero, pues la emoción les había quitado el hambre, y se fueron a dormir.
Se despertaron apenas llegado el amanecer,
aturdidos. Se acercaron a la caja y la abrieron. Doce hermosos pollitos piaban
graciosamente.-
Lisandro Ahumada
27 de Enero 2021
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