CUATRO CUADRAS
CUATRO CUADRAS La frase doblada en las astucias del papel quedaba escondida en la segunda maceta de geranios centinelas del jardín de entrada, en mañanas insospechadas de días esperadamente erráticos. Después de las nueve, Carolina regaba sigilosamente y con disimulo estiraba sus ansiosas manos hacia los hurgados geranios de esa maceta. Sus miedos a las hormigas, a las arañas y a otros inevitables insectos se escurrían rápido en el olvido y mudaban en expectativas la audaz expedición de sus dedos. Esa filosa sequedad de papel entre la humedad de los geranios era el éxtasis mismo, el final esperado del oficio matinal del regado y el inicio de la cortesana tarea de vestirse, desandar los colores del maquillaje y explorar los caminos del perfume. Una rato más tarde, antes de las doce y media, Alonso la esperaba en el departamentito de décimo octavo piso de las opulentas torres de ese complejo nuevo que construyeron donde estaba la placita que tanto había divertido la infancia d...